La educación y los buenos modales

 
Para algunas personas puede ser complicado definir los buenos modales y la buena educación, no obstante, para todo el mundo es fácil distinguir a una persona educada o mal educada.



En estos tiempos de modernidad, hay quienes piensan que los buenos modales son algo del pasado y que ser educados puede hacernos pasar por tontos, pero la realidad es que una persona educada tiene mucho que ganar y poco que perder.

La enseñanza y práctica de los buenos modales, debe comenzar desde muy temprana edad. La educación no es sólo un proceso de aprendizaje intelectual, también es una oportunidad en la que se puede instruir para vivir en sociedad, de acuerdo con ciertas normas de educación y cortesía.

Sin duda alguna, vivimos cada vez en un mundo más informal, pero no por eso debemos dejar a un lado la buena educación y las buenas maneras. Una persona educada podrá relacionarse mejor con su entorno e influirá positivamente en su autoestima. Cuando somos niños, la cortesía y los buenos modales pueden no tener importancia, pero es en la infancia cuando se sientan las bases para nuestro comportamiento de adultos que nos abrirá, o cerrará muchas puertas.

Signos de educación y cortesía:

  • En el trabajo: si necesitas algo, pídelo con educación en lugar de tomarlo. Devuelve las cosas que te prestaron en el mismo estado en que las recibiste y a tiempo. Di "Discúlpame" en lugar de abrirte paso entre la gente. Sé respetuoso de la propiedad de otras personas. Cuando trabajes en un proyecto en grupo, cumple con tu parte del trabajo, y escucha las ideas de los demás. No ataques el carácter de una persona si no estás de acuerdo con alguna idea, explica clara y serenamente lo que no te parece, y llega a un acuerdo.
  • Al hablar con otros: no interrumpas cuando están hablando. Espera tu turno o el momento más adecuado para hablar diciendo “disculpa” o “permiso”. No hables demasiado alto, mira a los ojos a tu interlocutor, presta atención y evita usar el celular cuando conversas con una persona. Ten cuidado con las señales que envía tu cuerpo; por ejemplo cruzar los brazos cuando hablas con alguien, puede ser visto como señal de aburrimiento o rechazo.
  • Di "por favor" si quieres o necesitas algo, y "gracias" cuando lo recibas. Cuando alguien te dé las gracias por algo, di "con gusto”, o “a tu orden". Cuando llegue alguien, dále la bienvenida. Si estás con un grupo de personas, asegúrate de presentarlos. Sé amable y cortés. No digas cosas para herir los sentimientos de otras personas. No uses lenguaje vulgar en público
  • En la mesa: no hables con la boca llena de comida; cuando te limpies con la servilleta, deja el lado sucio cara abajo y mantenla doblada. Espera a que todos estén servidos para comenzar a comer. No hagas ruidos con los cubiertos y no sorbas los líquidos. Come pausadamente, introduciendo bocados pequeños o medianos, sin llenar demasiado la boca.
  • En la calle: no arrastrar los pies al caminar. Taparse la boca cuando se va a estornudar o bostezar, no escupir en la calle, no botar basura. Los conductores de motos y vehículos deben tocar la corneta a toda hora, sólo cuando es necesario. Si viajas en autobús o en el Metro, debes ceder el puesto a mujeres embarazadas y personas de la tercera edad.
Se dice que los modales hacen al hombre. El trato que brindamos a los demás es un reflejo del alma y depende de nosotros mismos que el mundo nos trate con respeto o con desprecio. Los buenos modales son el arte que nos hace agradables, sin embargo, el mostrarnos simpáticos no debe hacernos ridículos, no hay que caer en exageraciones.

La paz como actitud de vida



Había una vez un rey que ofreció un gran premio al artista que lograra captar en una pintura la paz perfecta. Numerosos artistas presentaron sus cuadros en los que intentaron plasmar sus visiones de la paz. El rey, tras observar todas las pinturas, seleccionó dos que le habían impactado profundamente. La primera recogía la imagen de un lago muy tranquilo. En él se reflejaban las montañas plácidas y sobre ellas un cielo inmensamente azul con unos tenues brochazos de nubes blanquecinas. Ciertamente, la visión del cuadro producía paz y todos estaban seguros que esta pintura sería la ganadora. La segunda pintura ofrecía un paisaje de montañas abruptas y escabrosas, sobre las que un cielo enfurecido descargaba una colosal tormenta de rayos y truenos. De la montaña caía un torrente impetuoso.

La gente no entendía cómo el rey la había seleccionado como finalista. Mayor fue su asombro cuando, después de largas cavilaciones, el rey la eligió como ganadora.

-Observen bien el cuadro —les dijo el rey al explicar su decisión—, Detrás de la cascada hay un pequeño arbusto que crece en la grieta de la roca. En el arbusto hay un nido con un pajarito que descansa tranquilo a pesar de la tormenta y del fragor de la cascada. Paz no significa vivir sin problemas ni conflictos, llevar una vida sin luchas ni sufrimientos. Paz significa tener el corazón tranquilo en medio de las dificultades.

Solo los que tienen el corazón en paz podrán ser sembradores de paz y contribuirán a gestar un mundo mejor en medio de tantas violencias, tormentas y problemas. La lucha por la paz y la justicia debe comenzar en el corazón de cada persona. Por ello, yo vengo hablando desde hace mucho tiempo de la necesidad de comenzar desarmando los corazones que están llenos de rabia, ira, agresividad, desprecio, violencia. Ser pacífico o constructor de paz no implica adoptar posturas pasivas, ni ser sumiso, sino comprometerse y luchar por la verdad y la justicia, sin violencia. Será imposible construir la paz y alcanzar la reconciliación si no comenzamos a pacificar nuestro corazón y a reconciliarnos con nosotros mismos.

Superar la gravísima crisis que vivimos está exigiendo políticos de altura, muy honestos, humildes, buenos negociadores, respetuosos de todos y de las opiniones diversas, dispuestos a servir siempre a la verdad y a la república, y no a sus intereses. Desgraciadamente hoy en día, donde lo común es disfrazar las ambiciones bajo el ropaje retórico del amor y del servicio, y donde la justicia está al servicio del poder, "la verdad solo perjudica al que la dice", como ya nos lo advirtió Quevedo.

Cuando los conflictos se tornan graves, es necesario convencerse de que no hay alternativa al diálogo y la negociación, y que la verdad está siempre en el acuerdo. Los negadores del diálogo, los intolerantes, solo necesitan el discurso ofensivo y dogmático, que encontrarán en las diatribas de un demagogo, en los evangelios de su caudillo, o en el fanatismo de su secta. Para ellos, la forma de hacer política es la violencia y su causa está por encima de los demás. Por ello, nunca serán capaces de construir un mundo nuevo, por mucho que lo anuncien, deseen y proclamen.
Antonio Pérez Esclarín. Educador y Filosofo